jueves, abril 02, 2009

Comala, Lugar de sueños



Juegos de luz y sombra


Hablar de Pedro Páramo a estas alturas de la vida de la obra resulta un poco comprometedor. ¿Qué se podría decir que no se haya dicho antes? ¿Cómo hablar de ella?

Rulfo nos transporta en las múltiples lecturas posibles de su obra, para crearla y recrearla, una y otra vez en la mente del lector; cada lectura en tiempo, espacio y situación diferente hacen de los escenarios y personajes se transfiguren y renueven en ese sitio inmortal que resulta ser Comala. El personaje primordial, el cual Rulfo retiene en su mirada y quien invita al transeúnte a parar un segundo en cada espacio para admirar el paisaje lo llamó bajo el nombre de Pedro Páramo.

La obra tiene ritmo, una sonoridad latente, como si al tomar el libro, éste cobrara vida y palpitara solito: Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer. Aun en silencio el pueblo no está quieto, se adivina entre sombras, mientras Rulfo devela en su cuarto oscuro a cada uno de sus personajes y esa tierra de sopores en la que fueron capturados: Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

El sonido del agua es recurrente en Pedro Páramo. Sonaba, fluía: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos; agua que cae sobre las piedras y cántaros, que como mar o lluvia vitalizan a Comala y a sus habitantes; todos las escuchamos, menos Abundio, él está sordito, pero igual huele esa tierra mojada en donde caen las estrellas y los reflejos del sol y a lo lejos la miel derramada, el azahar y los naranjos.

Rulfo en fotografía y letra hace un juego exquisito de luz y sombra, el cielo en Comala luce tonalidades de negras y azules, cobija al pueblo de nubes o de estrellas. El cielo era todavía azul. Había pocas nubes...mientras tanto dejaban vacío el cielo azul las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Una fascinación dentro de toda esa gama de colores, la aparición de un arco iris, el único de Pedro Páramo Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores...un fenómeno así resulta siempre sorprendente, no hay quien se resista a esta danza de colores, deseos e ilusiones, de esas que cuestan caro.

Al ver las fotografías, y aquellos que habitan en ellas con la mirada perdida, y comprender que podría ser cualquier indígena quien goza de esa vida que por siglos no cambiará su austeridad, ni siquiera por el contacto con las grandes urbes; al ver esos instantes en Rulfo, sabemos que podríamos ver en ellos a los habitantes de Comala, todos sin rostro. Aun Susana San Juan es retratada entre sombras, no se sabe exactamente cómo es, seguro es bella, pero ¿de qué forma lo es? De tí me acordaba. Cuando tú estabas allí mirándome con tus ojos de aguamarina... ¿Sabías, Fulgor, que ésa es la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra?


En Comala vagan almas, a las que Rulfo, como en un atrapa-sueños, recoge y captura en la mirada con cámara en mano… cada revelado vuelve a dar vida a eso en lo que en cada lectura se recobra y reaviva al pueblo donde el galopar del caballo se vuelve a oír en Media Luna y se sienten las plumas de gorriones sobre la nariz. Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época.

Otros colores que se van anunciando en Pedro Páramo son el verde, amarillo, violeta, rojo y negro, todos según la ocasión y el lugar, pero que, sin embargo, concuerdan con esa luz de película donde uno no sabe si es de noche o de día: todo parece ser un poco más lento que de costumbre, ideal para capturar imágenes en un trozo de plata. ... todo se llenaba de luces y del olor verde de los retoños..., Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes..., La gris mañana de un nuevo día, una mañana gris. No fría; pero gris.

Es así como Juan Preciado toma el oficio de artista visual y narra en una primera parte el motivo de su viaje, después como monólogo y al final como conversación entre Juan y Dorotea. Rulfo le debe un favor a Juan, tal parece que su personaje le susurraba cómo se vivía en Comala. Las visiones de Juan fueron esculpidas con tinta y papel en la imaginación de este gran escritor, en donde los pájaros cobran vida y vuelven al vuelo.



Page copy protected against web site content infringement by Copyscape

¡Ideas del Tostador!

¡Ideas del Tostador!