miércoles, junio 03, 2015

De techno y otros amores



Jamás tendríamos futuro. Empezando por su nombre, me provoca anunciar destino  ¿A cuántos Xavieres habría que aguantar en la familia? Aunque él fuera de esos que se escriben con "J",  fonéticamente suena a parentela. Con todo y esta chaqueta mental, pudimos desear un para siempre breve, la sensación extraña de conocernos de toda la vida.

Me gustó desde la primera vez, estaba bailando, el segundo paso fue  platicar bailando, para después besarnos en medio de aquellos beats. No tendría caso aprenderme su nombre o sus aficiones, por la mañana ya lo habría olvidado, pero al parecer este moreno no. Tomó la iniciativa de buscarme al día siguiente, en mi cruda no lo recordaba, entre el blackout y las sombras, el presentimiento era chingón, sabía que no la había cagado, que aquello estuvo divertido, pero no más.

Nos sabíamos de siempre, nombraba mis apodos, lo que hacían mis hermanos, de que estaba confundida con mi novio porque se había ido por nueves meses a un maldito barco huyendo de nosotros, de lo que me gustaba hacer y no sé cuántas cosas le pude haber dicho en un par de horas nocturnas, de esas que se van despacio, en  donde los minutos están en cámara lenta. Al escucharlo me daba escalofrío, "soy Javier, te acuerdas" esa sensación de agua fría donde una sabe que ya valió madres y que será preciso subirse a la montaña rusa para no quedarse con el típico hubiera hecho.

La segunda vez que lo ví había fiesta familiar. Fue rara la invitación a su casa, conocer a sus tíos, primos, mascotas y demás entes. Nos dispersamos y llegamos a su recámara. Nervioso, empezó a quitar todo de la cama, le temblaban las manos. Me senté en ella y pensé que sería bueno quitarme los zapatos un rato. Recomiéndame música antes de irte, le dije. A veces es bueno hacerse pendeja un rato, me gusta la música y saber de cosas nuevas, es algo que le aprendí a mi ex, siempre hay nuevos grupos por conocer de otras personas.

Metí mis dedos en sus chinos negros, tenía esa mirada de mapache profunda, con eso me lo decía todo. Sus manos estaban totalmente entrenadas para entender mi piel. Estábamos en su casa, un lugar promedio en la zona de Lindavista, su madre tenía gusto por lo hogareño: decoración de catálogo, en contraste con Bacará y Magnolias de seda, la conocí entre bocanadas de Marlboro y sorbos de Coca-Cola Light. Ese día era su despedida. Ni Javier sabía si regresaría pronto,era una  mera exploración para conocer músicos y ver si lo dejaban pinchar algunos discos en Noruega, la meta era quedarse, pero quien sabe, lo suyo era eso del techno y las traducciones, se quedaría hasta que le alcanzaran sus euros ahorrados y lo que mami le mande.

Regresaría pronto,  él odia el frío,y resulta que quiere ir a un país de hielo y gente parca. Lo suyo es otra cosa, lo sé porque lo vi correr hacia el mar con una gran sonrisa, en pasos pausados. Me volteaba a ver y corría a mi lado dibujando círculos en mi espalda con sus dedos tallados de arena que poco a poco se deslizaban en mi boca y provocaban un trópico interior de esos que mueren por explotar deseosos de orgasmos y besos toda la tarde. Se sonrojó cuando le conté sobre lo que imaginé en ese momento mientras estábamos recostados sobre su cama viendo como empezar a quitarnos la ropa. No sé si alguien en su casa nos habrá escuchado, no importaba, no los volvería a ver. 

Todo esto ya lo habíamos vivido juntos, sabía y olía como siempre. Puso a Scuba, gracias a él pudimos hablar y bailar de nuevo como lo hicimos en el Mutek. Su maleta me daba una punzada en el estómago, no estaría para mi cumpleaños, pero prometió llamarme, así lo hizo, creo que fue lo mejor de ese día, escucharlo. Pero antes de eso decidimos conocer y explorarnos. Al final no me importó que supiera que mis calcetines son casi siempre de abuelo o de mi lunar del seno derecho, así como me daba igual si nos escuchaban y el que no se había bañado,estaba impregnado de esa sal de nuestros días de playa.

Conocerlo durante un fin de semana me hizo la historia de toda una vida, la mejor espera para subir a un juego mecánico.


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